Ética
y aprendizaje en cirugía laparoscópica
Jara Rascón J, Subirá Ríos D.
Hospital
General Universitario Gregorio Marañón. Madrid.
Actas Urol Esp 2006;
30 (5): 474-478
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RESUMEN |
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ÉTICA
Y APRENDIZAJE EN CIRUGÍA LAPAROSCÓPICA |
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La
adquisición de habilidades quirúrgicas es un asunto de la mayor importancia
durante el periodo de aprendizaje que supone la realización de la
especialidad de Urología. Por ello, la progresiva implantación de la
laparoscopia en nuestra actividad asistencial debe ir seguida de un plan de
aprendizaje escalonado, como respuesta a esta nueva necesidad de formación,
que debería ser cuidadosamente diseñado para no causar perjuicio alguno, en
ningún caso, a los pacientes intervenidos con esta nueva modalidad de
abordaje quirúrgico. |
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Partiendo
de la aceptación de esta premisa, se debe enfocar cada caso y cada indicación
en particular, asegurando que se preservan los principios básicos de la ética
médica (beneficencia, no maleficencia, justicia y autonomía). Para ello,
habrá que sopesar los riesgos probables conforme a la propia experiencia o
directamente relacionados con el tipo de intervención. Con respecto a esto,
en el presente artículo se esbozan las diferentes opciones para llevar a cabo
un plan éticamente aceptable de formación en laparoscopia urológica, tomando
como punto de referencia la experiencia en prostatectomía laparoscópica.
Asimismo, se exponen las razones justificativas de la denominada
“reconversión programada” y, finalmente, se plantea la discusión respecto a
qué se debe informar y qué cantidad de información se debe dar para que los
pacientes puedan ejercer su capacidad de decisión de modo real. |
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Palabras
clave: Ética. Laparoscopia. Prostatectomía. |
Desde
que la laparoscopia fue introducida en la práctica quirúrgica urológica, se ha
producido un incremento progresivo del número de sus posibles aplicaciones en
nuestro ámbito de trabajo, incluyéndose como tales tanto complejas cirugías de
exéresis oncológica como cuidadosas técnicas reconstructivas. Esta situación está
trayendo nuevos y prometedores vientos de cambio a nuestra especialidad pero
estos procedimientos exigen para su correcta realización un previo
entrenamiento para adquirir la suficiente destreza manual, con el fin de no
provocar ningún daño evitable a los pacientes que van a ser sometidos a estas
técnicas.
Este
modelo de actuación que, en realidad, es inherente a toda la práctica
quirúrgica adquiere unas connotaciones éticas especiales al referirnos a la
cirugía laparoscópica. En primer lugar, para las patologías operables mediante
laparoscopia ya se dispone de otra alternativa quirúrgica: la cirugía abierta
convencional. Por tanto, la indicación de cirugía laparoscópica sólo tendrá
sentido para cada paciente concreto si se espera conseguir un mayor beneficio
(menor morbilidad potencial) también en la etapa de aprendizaje, con este tipo
de cirugía frente a la cirugía abierta. En segundo lugar, la existencia de una
curva de aprendizaje “escarpada”, asumida como tal, por la práctica totalidad
de los cirujanos expertos en laparoscopia1, deberá
ser planificada de modo que no dé lugar a situaciones limítrofes con la
experimentación en humanos en una situación que no es la de un ensayo clínico
controlado. Como tercera consideración, se debe tener en cuenta el derecho del
paciente a una información veraz sobre el proceso quirúrgico a que va a ser
sometido, respetando su libertad a elegir lo que él considere como “la mejor
opción”, ya que estamos hablando de diferentes modos de abordaje quirúrgico
para las mismas indicaciones. Por último, en la asistencia sanitaria pública,
habrá que considerar adicionalmente la competitividad en la ecuación
coste-beneficio de estas nuevas técnicas, tanto a nivel económico como social,
para justificar su introducción como práctica habitual, sin dar lugar a demoras
en las listas de espera del resto de los pacientes que, en una teórica
consideración a priori, podrían resultar perjudicados debido al aumento del
número de horas de ocupación de quirófanos ocasionado por la fase de
aprendizaje de la cirugía laparoscópica.
Aunque
este planteamiento global de la situación pueda parecer demasiado exigente, no
es en absoluto utópico si se considera de modo pormenorizado, tal como se
expone a continuación, y su aceptación debería marcar el estándar mínimo para
una instauración de la cirugía laparoscópica compatible con los criterios de
buena práctica clínica. Se evitarán así situaciones traumáticas innecesarias,
falsamente autojustificadas por la obligada curva de aprendizaje individual.
En
concreto, el aprendizaje en laparoscopia puede ser realizado mediante diversas
modalidades tales como el pelvitrainer, la realización de laparoscopia con
animales de experimentación o en cadáveres y, en centros especialmente dotados,
mediante simuladores de realidad virtual. Sea cual fuere la modalidad elegida,
se deberá asumir un alto coste tanto en tiempo de dedicación como en recursos
materiales. Posiblemente la mejor opción, no siempre fácil de planificar, sea
el copilotaje con un cirujano laparoscopista ya experimentado pero ¿por cuánto
tiempo?. Evidentemente la necesidad de formación específica, debidamente
interiorizada antes de iniciar una cirugía de este tipo en humanos, hace muy
conveniente un periodo de entrenamiento básico con animales de experimentación,
utilizándose animales porcinos preferentemente en la mayoría de los centros en
que esta opción es posible. Mediante esta fase, es posible familiarizarse con
las vías de abordaje y la colocación de los trócares, iniciándose el logro de
habilidades necesarias para realizar la disección endoscópica y la sutura de
tejidos. En este tipo de entrenamiento se ha propuesto la nefrectomía como una
buena intervención para comenzar2. Así, parece
esperable que cuanta mayor soltura o destreza se haya adquirido mediante la
cirugía experimental, sea menor el tiempo necesario para transferir dicha
destreza a la práctica quirúrgica en humanos, con la asistencia técnica
posterior de cirujanos experimentados en laparoscopia.
Con
estas premisas de actuación, se intenta preservar el principio de beneficencia, que es el principio ético que obliga no
sólo a no hacer el mal, sino a hacer el bien, según afirma Gracia3. Es decir, se estaría capacitado para realizar la
cirugía laparoscópica sólo si se piensa que se es capaz de aportar un beneficio
con estas técnicas a cada paciente concreto. Si no es esa aún la situación,
debería asumirse, aunque cueste, que se debe aún mantener la fase de
entrenamiento.
Pasando
a la siguiente consideración sobre la curva de aprendizaje, como ya se ha
mencionado, ésta no puede erigirse en argumento justificativo de una mayor
morbilidad (supuestamente inevitable) sobre los primeros pacientes que se van a
someter a estas técnicas en un centro determinado que decida iniciar su
andadura en este recorrido quirúrgico. De hecho, la posibilidad de limitar el
tiempo laparoscópico de esta cirugía, finalizándola como cirugía abierta al
llegar a un número de horas predeterminado, puede evitar riesgos innecesarios
de sobreexposición anestésica. Esta decisión se ha definido como “reconversión
programada”4 y, contrariamente a los que
consideran este tipo de proceder como un fracaso del acto quirúrgico, esta
actuación debería ser adoptada como una de las condiciones previas exigibles
para realizar la curva de aprendizaje sin riesgos. En casos en los que la
ecuación riesgo/beneficio sea dudosa por su duración, se debería consultar al
Comité de Ética Asistencial de cada centro, debiendo informar de las
alternativas terapéuticas existentes. De este modo, asumiendo una posible
reconversión, con un aumento del tiempo quirúrgico preestablecido como
aceptable y sin añadir costes ni morbilidad, se puede lograr el aprendizaje
progresivo de técnicas tales como la prostatectomía radical. Optar por realizar
la técnica por vía laparoscópica hasta el final, independientemente de su
duración, no parece asumible desde el punto de vista ético si se afirma estar
buscando el beneficio del paciente.
Con
respecto a esto, se debe recordar que la regla clásica de la ética médica primum non nocere (primero no hacer
daño) viene definida en buena medida por la lex
artis y los criterios de indicación, de no indicación y de
contraindicación. Esto permite entender que el contenido de este principio haya
que definirlo en cada momento, reconsiderando en cada caso la ecuación
riesgo/beneficio potencial para cada paciente, según el desarrollo de la
habilidad del cirujano. Así, el antecedente de cirugía previa o la extensión
del proceso pueden contribuir a una mayor dificultad de la técnica ante una
misma indicación haciendo no aconsejable la intervención mediante laparoscopia
en estos casos.
Otro
aspecto que merece especial atención es el de la información que debemos dar a
nuestros pacientes en esta fase de primeras cirugías laparoscópicas sin
experiencia aún valorable. Por una parte, es obvio que se debe disponer de un
consentimiento informado específico en el que, de acuerdo con lo establecido en
la Ley 41/2002 básica reguladora de la
autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y
documentación clínica, se informe al paciente de las consecuencias
relevantes o de importancia esperables de la intervención, los riesgos
relacionados con las circunstancias personales o profesionales del paciente,
los riesgos probables conforme a la experiencia o directamente relacionados con
el tipo de intervención (Artic. 10). Por otra parte, esta exigencia de exhaustividad
ha dado lugar a diferentes opiniones respecto a su idoneidad y posibilidades de
aplicación. Autores como Herranz5 opinan que es
preferible que sobren y no que falten, apoyándose en que la rutina se encargará
de desgastar las aristas de esas normas y considerando la doctrina básica del
Código de Nüremberg válida y aplicable en su intensidad original.
Para
otros autores6 apartarse de la fórmula estándar
del consentimiento informado podría suponer además un retorno al paternalismo
médico, en el que éste, basándose en argumentos culturales, podría ocultar o
manipular la información a fin de asegurarse de que las decisiones sean acordes
con su propio juicio clínico.
Pensamos
que las normas éticas o los derechos humanos son universales, no porque sean
reconocidos por ciertos gobiernos o culturas, sino porque es universal la
dignidad humana, sobre la que están fundamentados. El respeto a esta dignidad
humana es lo que obliga a los profesionales de la asistencia sanitaria a
obtener el consentimiento de los pacientes de manera que sea comprensible y
acorde con el lenguaje, las costumbres y la cultura de la persona. Informar de
este modo respecto a las ventajas de la laparoscopia y, a la vez, de sus
limitaciones y de la posibilidad de reconversión de la técnica, puede resultar
para algunos dificultoso, pero en ninguna ocasión puede ser considerado como
válido el engaño o la información incompleta como método para obtener la
aceptación del paciente para someterse al proceso quirúrgico. Por eso, la única
alternativa aceptable será mejorar nuestra capacidad de comunicación para dar
una información convincente y veraz sobre las ventajas de este nuevo tipo de
cirugía, sin soslayar los riesgos, de modo en parte similar a las explicaciones
que se facilitan para obtener el consentimiento en los ensayos de investigación
clínica.
Finalmente,
al establecer un programa de cirugía laparoscópica, con asignación de días
concretos para su realización y la consiguiente ocupación de quirófanos para
que esta práctica quirúrgica no sea anecdótica, se debe vigilar que se
mantengan los criterios de justicia que deben regir nuestra toma de decisiones
respecto a los pacientes, controlando la equidad en las listas de espera para
no perjudicar a unos (los que rehúsen someterse a esta técnica) demorando su
prioridad quirúrgica, ni privilegiar a otros (los que la acepten)
concediéndoles dicha prioridad.
Se
ha especulado mucho a este respecto ya que, en un Sistema de Salud público, con
una limitación clara de los recursos asistenciales y listas de espera
quirúrgica en ocasiones no fácilmente controlables, puede a veces ser difícil
establecer criterios de absoluta justicia en la decisión de a quién operar en
primer lugar. Por ello, cuando la limitación de recursos disponibles así lo
justifique, se deberá priorizar la asistencia valorando la adecuación y
eficacia en el tiempo de las técnicas utilizadas. De hecho, el propio Tribunal
Constitucional se ha hecho eco de estas consideraciones al analizar diversas
prestaciones del Sistema de Seguridad Social, admitiendo que su idoneidad queda
condicionada por los medios disponibles, valorando la posibilidad de modificar
sus condiciones en función de las situaciones de necesidad a satisfacer. La
protección del derecho y la equidad del sistema no serán efectivas si no se
garantiza un nivel adecuado y mínimo de calidad en las prestaciones,
condicionado por una situación de recursos económicos insuficientes, en la que
los poderes públicos están obligados a conseguir la mejor relación calidad-coste
con el fin de hacer llegar sus servicios a la mayor parte de la población.
Una
manera de evitar estos potenciales conflictos en las listas de espera pasaría
también por admitir el principio de posible “reconversión programada“ de la
cirugía laparoscópica para limitar los tiempos quirúrgicos y hacer esta técnica
así más competitiva, sobre todo en las primeras fases de su introducción en la
práctica quirúrgica. Otra modalidad posible es la asignación, por parte de la
dirección de los centros, de horas “extra” de quirófano, para no interferir con
la cirugía habitualmente programada. De todos modos, sea cual sea la decisión
propiciada, la aspiración del proceso de establecimiento de prioridades debería
ser alcanzar una situación en la que las decisiones adoptadas sean razonables y
públicamente defendibles, ya que si trascendieran a la opinión pública, podrían
ser consideradas como aceptables y justas. Estas preocupación por la equidad ha
llevado a que en algunos países europeos, como Dinamarca, las autoridades sanitarias
hayan pedido a sus organismos competentes, a través del Danish Council of Ethics, la elaboración de recomendaciones para
asegurar que el proceso de establecimiento de prioridades se llevara a cabo de
un modo transparente y que tuviera en cuenta los intereses de todos los agentes
involucrados.
Respecto
a la discusión sobre los costes totales que estas técnicas pueden suponer en un
Sistema de Salud Público, resultan clarificadores los estudios que ya se han
realizado centrados sobre aspectos económicos. Así, al comparar en términos
económicos la nefrectomía radical y la nefroureterectomía laparoscópicas frente
a las correspondientes técnicas abiertas7, se
observa que los costes de la laparoscopia, inicialmente más altos durante la
curva de aprendizaje, se transforman en los más rentables (12% y 6% más bajos
que los costes de la cirugía abierta respectivamente para cada una de las
técnicas comparadas) al aumentar la experiencia de los cirujanos, obteniéndose
un menor tiempo de ocupación de quirófanos, una estancia hospitalaria más corta
y una recuperación del paciente más rápida.
Teniendo
en cuenta todo lo anteriormente mencionado, se puede deducir que un correcto
aprendizaje en laparoscopia no requiere únicamente conocer los límites éticos
de nuestra actuación profesional, que están bien delimitados en general, sino
avanzar en la ética del propio profesional. Solamente unos profesionales que
tengan un criterio ético bien definido, podrán establecer los criterios
concretos que dirijan su trabajo diario, limitándolo en un sentido para
potenciarlo en otro. La legislación o los códigos deontológicos, aún
establecidos con la celeridad a la que los adelantos tecnológicos nos impulsan,
no podrán encauzar adecuadamente nuestro trabajo: deberemos hacerlo los
propios médicos. Si se actúa de esta manera, se entenderá fácilmente que la
ética no es un factor limitante de la investigación o de la actuación
profesional, sino una decidida apuesta por el ser humano y su dignidad.
REFERENCIAS
1. Poulakis V, Dillenburg W, Moeckel M, de Vries R, Witzsch
U, Zumbe J. Laparoscopic radical prostatectomy: prospective evaluation of the
learning curve. Eur Urol. 2005;47(2):167-175.[PubMed]
2. Novas Castro S, Ruibal Moldes M, Gonzalez Martin M. Education
in laparoscopic urology. Problems. Solutions. Actas Urol Esp. 2005
Mar;29(3):241-243. [PubMed]
3. Gracia D; Proyecto de Bioetica para Clinicos del
Instituto de Bioetica de la Fundacion de Ciencias de la Salud. Moral
deliberation: the method of clinical ethics. Med Clin. 2001;117(1):18-23. [PubMed]
4. Llorente C, Carrera C, Sánchez M, de la Morena JM,
González F, Martínez J, Rengifo D. Proceedings in the implantation of a
laparoscopic radical prostatectomy program. Actas Urol Esp. 2005
Apr;29(4):349-54; discussion 354. [PubMed]
5. Herranz G. La bioética en la investigación del ser
humano. Medicina y ética 1994;3:315-333. [PubMed]
6. Simón P, Júdez J. Consentimiento informado. Med Clin
(Barc) 2001;117:99-106. [PubMed]
7. Meraney AM, Gill IS. Financial analysis of open versus
laparoscopic radical nephrectomy and nephroureterectomy. J Urol 2002;167(4):1757-1762.
[PubMed]
Dr. J. Jara Rascón
E-mail:
JJR00002@terra.es